Informe nacional de
desarrollo humano

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¿Si no se paga no es trabajo?

Las mujeres realizamos la mayor parte de trabajo en el mundo, lamentablemente este trabajo ni es reconocido como tal ni es remunerado.

Según el Informe Mundial sobre Desarrollo Humano 2015: “Trabajo al servicio del desarrollo humano”, en la mayoría de los países del mundo, las mujeres trabajan más que los hombres, siendo su contribución del 52% del trabajo mundial, frente al 48% de los hombres. Sin embargo, son los hombres quienes predominan en el mundo del trabajo remunerado, mientras que las mujeres lo hacen en el del trabajo no remunerado. Según datos del Informe, las mujeres desempeñan 3 de cada 4 horas de trabajo no pagado en todo el mundo, y paradójicamente, los registros estadísticos no lo reconocen -por ser no asalariado-, por lo que no tienen lugar dentro de los indicadores económicos.

Este hecho muestra la desvalorización e invisibilización del trabajo realizado por las mujeres, y por consiguiente la negación de su aporte no sólo en términos de crecimiento económico, sino en la reproducción de la vida misma, la que implica a su vez la posibilidad de reproducción de la fuerza de trabajo -asalariada y no asalariada-, en la que los patronos no invierten ni un centavo. Algunos países que hacen el esfuerzo de medir el peso del trabajo no remunerado, estiman que dicho trabajo varía entre el 20% y el 60% del PIB. En Guatemala, el trabajo no remunerado representa entre 26% a 34% del PIB.

El trabajo no remunerado realizado por las mujeres consiste principalmente en el llamado trabajo de cuidados o trabajo reproductivo, tan naturalizado como “vocación” y “amor”[1] que pasa “desapercibido” para la economía nacional, las estadísticas y en la sociedad entera: las labores domésticas, el cuidado de otras personas como los niños, los enfermos y los ancianos.  En el caso del campo, el trabajo de las mujeres tanto en la llamada “agricultura de traspatio” esencialmente reproductiva, como en las labores dentro de los cultivos agrícolas, se encuentra también desvalorizada e insuficientemente registrada. La FAO por ejemplo, como señala un estudio realizado por GRAIN,  define como económicamente activo en agricultura solamente a aquellas personas que obtienen ingresos monetarios de ésta, predominantemente los hombres, y sin embargo, las mujeres proveen el 62% de la fuerza utilizada dentro de las fincas familiares. Otros estudios realizados por la FAO a su vez, reconocen que en los países no industrializados, las mujeres producen del 60% al 80% del alimento.

En la gran mayoría de los hogares rurales en Guatemala, las mujeres se dedican al cultivo  -en los pequeños espacios que rodean sus viviendas, sus patios- de plantas medicinales y comestibles, así como a la crianza de animales, que no sólo diversifican la dieta de las familias, sino que muchas veces aseguran la supervivencia de las mismas, en contextos de falta de tierra para la subsistencia y de salarios poco dignos en las fincas agroexportadoras y empresas agroindustriales. La agricultura en los “patios” de las casas no sólo es modelo de optimización del espacio, sino también del mantenimiento de la biodiversidad existente en Guatemala y es muestra de las estrategias de las mujeres para reproducir la vida en condiciones muchas veces adversas[2]. A estas actividades se suman las de cuidado de la familia -cocinar, limpiar, lavar, recoger leña, acarrear agua, etc.-, así como la de “colaborar” en las labores agrícolas sin recibir pago alguno.

 

[1] FEDERICI, Silvia. 2013. Revolución en Punto Cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Traducción de Carlos Fernández Guervós y Paula Martín Ponz. Madrid: Traficantes de sueños.

[2] DARY, Claudia. 2014. Las mujeres y la agricultura de traspatio. Revista Territorios. Noviembre 2014, No. IX, p. 55-67. Guatemala: IDEAR-CONGCOOP.