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La democracia y su Estado

El Estado fuerte no necesita de la violencia para gobernar.

Edelberto Torres Rivas
febrero 8, 2017

Es difícil que te den la razón, y que reconozcan que en Guatemala ha habido cambios; somos opacos  para ver lo nuevo, por elemental que sea.  Nos referimos  a un fenómeno que se oculta en el telón de prejuicios  que nos  cubre, cuya percepción es de naturaleza subjetiva, depende de cierta sensibilidad personal.  Nos referimos a que desde  el año 2016 se ha venido produciendo  un clima de tolerancia relativa,  mayor confianza en el ambiente, ánimo asociativo y el despertar de alguna ilusión, como una utopía, reflejos unidos de una democracia que puede llegar…   ¿Volveremos   a  la época de las dictaduras?   Tenemos la certeza subjetiva de que el momento de la democracia llegó.

En el clima cívico y político que vivimos en la Guatemala de estos tiempos, resulta decisivo que podamos precisar razonablemente qué tipo de Estado queremos tener, mejor dicho, cual es la modalidad que Guatemala y su población necesita. Primero, todos queremos un Estado democrático, sustantivo y adjetivo juntos. Con la mayor certidumbre tenemos que identificar bien el Estado democrático en el que estamos pensando. No solo la idea es el Estado que estamos dispuestos a construir aquí y ahora, y aún más, es el proyecto de Estado por el que nos encontramos con ánimos de luchar. Llamémosle Estado fuerte, moderno. Son  momentos los que se proponen en el proceso, lo que va del pensamiento a la acción: no es suficiente hablar de democracia como si esta pudiera construirse con su  sola mención.  Es necesario construir una estructura de organizaciones, instituciones, jerarquías, normas que organicen las relaciones sociales destinadas a mantener el orden, el desarrollo y el bien común.

El Estado es la manifestación de proyectos concretos y relaciones sociales que se producen como luchas políticas, procesos de alianzas con partidos o fuerzas políticas, económicas y sociales. A través de estos procesos, el Estado se relaciona con temas claves como legitimidad, hegemonía, consenso, todo lo cual explica las conexiones entre sociedad civil y el Estado. Ya se dijo que el Estado democrático será más fuerte cuando obtiene pactos y su trabajo refleja los intereses de las y los ciudadanos.

Finalicemos estas consideraciones con dos comentarios que aclaran lo anterior. En torno a 1986  y aún antes,  en el ambiente del postconflicto, solo teníamos del Estado  ideas muy generales.  Era la quimera del Estado idea. También lo relativo al Estado como  la manifestación de intereses sociales -contrato social, incompleto porque faltaban los Acuerdos de Paz; y, el Estado-Instituciones, que empezaban a construirse. Los gobiernos civiles fueron incapaces para la construcción institucional, apoyados en bases electorales patrimoniales, estructuras administrativas corruptas, improvisación por falta de dirección histórica de largo plazo. La etapa en la que aún estamos tiene una dinámica desafortunada, un Estado incapaz para proveer bienes políticos fundamentales como seguridad física, instituciones políticas legítimas, administración de la economía, bienestar social y otros.

El segundo comentario se refiere a los tres tipos de Estado que en Guatemala, en estos últimos 30 años, irrumpieron desde el fondo del atraso, de la tradición que destruye como lo afirma Weber: y se convirtieron en obstáculos. Fueron ellos el Estado patrimonial, el Estado paralelo y el Estado autoritario. Lo patrimonial es propio de las estructuras tradicionales, de poderes de baja legitimidad que tiende a desarrollar los conocidos rasgos del personalismo, el clientelismo, el patronazgo.

Nos movemos con la idea del Estado democrático.  No hay  manera de dejarlo de lado en relación con el Desarrollo Humano; por lo tanto existen variadas circunstancias en que el Estado es el sujeto activo, el eje central, la referencia inevitable de todo  cuanto se viene diciendo  sobre el desarrollo humano.  Cualquiera que sea la definición utilizada, la noción de Estado recuerda dos ideas centrales: la de orden y la de fuerza.  Estado es el organismo -o el conjunto de instituciones-  encargado por su misma naturaleza de ordenar la sociedad.  Para ordenar, integrar a un conjunto humano, es necesario aplicar el uso de la fuerza, que según Weber, se trata de una violencia legítima pues ordena porque cohesiona.

Es prudente distinguir entre Estado y gobierno, conceptos que tienden a confundirse frecuentemente.  El concepto de gobierno pertenece a un nivel empírico, donde los que mandan tienen nombre y apellido.     Estado es un conjunto de relaciones sociales que tiene como meta ordenar a un grupo humano  -denominado sociedad- que vive en un espacio físico acotado geográficamente.

Es frecuente escuchar las frases sueltas sobre el Estado ‘débil’ o Estado ‘fuerte’, cuando se habla sobre la modernización del Estado, o su versión oligárquica.  La distinción importante es que llamamos Fuerte al poder político que se hace obedecer en cualquier parte y frente a quien sea.  El Estado fuerte no necesita de la violencia para gobernar.  Se apoya en la legitimidad de su poder y se vale del método de la hegemonía.  Un Estado es  débil cuando no tiene autoridad o esta es insuficiente.  El Estado democrático es fuerte en el sentido de su calidad de mando.  A saber, un Estado que tiene autoridad política y cumple satisfactoriamente sus funciones democráticas, tales como mantener el orden de la sociedad, la seguridad, la justicia y el bienestar de todos los ciudadanos que forman la nación, la promoción del desarrollo y la defensa de la soberanía.

Es un Estado débil aquel cuya presencia como autoridad pública no es visible ni funcional. Generalmente porque se encuentra ‘penetrado’ por intereses privados que lo dominan.  Por la fuerza de los grupos privados económicos o políticos, y por la forma como se ha venido constituyendo, el Estado cooptado convierte al Estado en un ente débil, al servicio de intereses privados, que no tienen en cuenta las exigencias mayoritarias   La naturaleza cooptada del Estado necesariamente impide las experiencias  democráticas.

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Para ampliar sobre el tema, revisar “La construcción de un Estado democrático posconflicto”, capítulo 4 del INDH 2015/2016

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