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El derecho a la vida: Las mujeres y el acceso a la tierra

La relación de las mujeres con la tierra trasciende su uso como mera mercancía para su explotación y generación de “riqueza”; la tierra es vivida como un espacio de emancipación y preservación de la vida.

Maria Alejandra Privado
febrero 15, 2017

La agricultura campesina produce hasta el 80% del alimento en los países no industrializados, según datos de la FAO, siendo las mujeres quienes producen del 60% al 80% del mismo, realizando trabajo reproductivo, invisibilizado la mayor parte del tiempo.

El trabajo realizado por las mujeres campesinas es fundamental no solamente para la reproducción de la vida en términos de la erradicación del hambre, sino también en la preservación de la biodiversidad, la conservación de semillas, así como en la recuperación de prácticas agroecológicas para la producción de alimentos. La relación de las mujeres con la tierra trasciende su uso como mera mercancía para su explotación y generación de “riqueza”; la tierra es vivida como un espacio de emancipación y preservación de la vida, como centro de la espiritualidad, incluso, materializándose en expresiones como la de Madre Tierra y similares, en diversidad de cosmovisiones a lo largo y ancho del planeta[1].

Sin embargo, como resaltan estudios de Oxfam, en Latinoamérica, las mujeres sin excepción, poseen y manejan menos tierra que los hombres, desde un 8% en Guatemala –el menor de América Latina─, hasta un 30% en Perú, tratándose siempre de fincas de menor tamaño. Las mujeres representan además, menos del 12% de la población beneficiada en procesos de reforma agraria, siendo incluidas dentro de las políticas de acceso a tierra a través del mercado, de forma subordinada y minoritaria –en función de su estado civil y condición de madres y no como mujeres productoras─, contando además, con menor acceso a créditos y asistencia técnica que los hombres.

En Guatemala, el porcentaje de participación de las mujeres en programas de acceso a la tierra ha sido escaso a través de la historia –desde la condición de servidumbre durante la Colonia, que les impedía a las mujeres el acceso a la tierra por derecho propio─, constituyéndose en un 8% de las beneficiadas de los programas del Instituto de Transformación Agraria –INTA─ (1962-1996); en el 1% de los programas de la Fundación del Centavo (1984); y el 10.76% del Programa de Acceso a Tierras del Fondo de Tierras (1998-2014).

Actualmente, la Ley del Fondo de Tierras reconoce –y promueve─ en sus artículos 20 y 21, la inclusión formal de las mujeres como beneficiarias, en igualdad de condiciones que los hombres, en el reparto de tierras como co-propietarias –junto con sus cónyuges─, con excepción de los casos cuando la familia beneficiaria tenga padre soltero o madre soltera, ocasiones en las cuales los títulos pueden ser emitidos a favor de los jefes de la familia beneficiada, sean mujeres u hombres. El artículo 21, por su parte, en los criterios de elegibilidad, lista una serie de requisitos que deben ser aplicados a campesinos y campesinas por igual. Cabe decir que dicho reconocimiento formal, ha sido producto de la participación y lucha incansable de mujeres campesinas, indígenas y mestizas en el impulso del reconocimiento de los derechos de las mujeres en el acceso a la tierra.

Según datos del Fondo de Tierras, en el período de 1998 a 2014, se han beneficiado 2,225 mujeres (10.7%) y 18,438 (89.3%) hombres, lo que refleja la asimetría en el otorgamiento de créditos para la compra de fincas por medio del mercado de tierras, teniendo aún poco impacto en beneficio de las mujeres.

Sin embargo, si bien el acceso a tierra por parte de mujeres solteras sigue siendo un tema pendiente, y las dificultades de acceso a la tierra de las mujeres en general tienen raíces que van más allá de la ley, debido al papel subordinado que comúnmente juegan las mujeres a lo interno de las organizaciones y comunidades que inician los procesos de acceso a tierra, así como por el carácter patriarcal del Estado, los logros en la consecución de la co-propiedad de tierra han dado a las mujeres mayor poder de decisión y de peso político dentro de los espacios comunitarios y locales. Además, en muchos casos, la co-propiedad de la tierra ha frenado la venta de tierras recién regularizadas, ya que se ha puesto en evidencia que es más fácil vender las tierras cuando sólo los hombres figuran como propietarios.

Es fundamental cuestionar y cortar las raíces patriarcales –dentro del Estado, de las comunidades, de la sociedad en general─ que limitan y vedan las posibilidades de las mujeres en el acceso a la tierra. La tierra es un derecho para las mujeres del campo, quienes además, como mujeres que viven y trabajan la tierra realizan una labor primordial en el cuidado, reproducción y garantía de la vida, no solamente de sus familias y de sus comunidades, sino de las sociedades enteras, creando junto con la Madre Tierra, las posibilidades y realidades de otro mundo frente a un sistema disfuncional que poco a poco está apagando la vida del planeta.

 

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[1] Para ampliar información, revisar el estudio de Ana Patricia Castillo (2015): Las mujeres y la tierra en Guatemala: entre el colonialismo y el mercado neoliberal.

Fotografía: Rodolfo Mendía