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De identidades, dificultades y retos: «Aún no soy quien quiero ser»

Soy mujer transgénera, tengo veintisiete años, trabajo como educadora sexual, me gustan los retos y me considero una luchadora que se ha ganado el respeto y el cariño de muchas personas y organizaciones. Hoy en día sigo luchando por lo que quiero, llegar a ser una mujer, erradicar la transfobia y el machismo. *

Administrador Website
mayo 17, 2016

Nací en la ciudad de Guatemala, vivía con mi mamá y mi padrastro,  a  mi  verdadero  papá  nunca  lo  conocí.  Mi  infancia  fue  muy  dura   porque mi padrastro le pegaba mucho a mi mamá;  yo era un niño y no podía hacer nada, mi mamá amanecía con los ojos morados, con moretes en los brazos y en el cuerpo. Ambos eran alcohólicos.

Por todo eso, en mi familia nunca hubo una convivencia, un gesto de cariño, una palabra de aliento, un abrazo… ¡Jamás!  Mi mamá siempre estuvo en el alcohol o trabajando de cocinera; entre ella y yo nunca hubo una comunicación cercana.

Desde que me acuerdo he jugado con muñecas y me gustaban las  cosas femeninas. Cuando mi mamá me compraba una pelota o mi padrastro  me  compraba  carritos  yo  los  tiraba,  no  me  gustaban.  Conforme   iba   creciendo   e   iba   identificando   mi   identidad   de   género  comencé  a  ponerme  los  vestidos  y  tacones  de  mi  mamá  y toallas en la cabeza. Ella se daba cuenta, pero no me decía nada.

A  los  siete  años  comencé  a  ir  a  la  escuela  pero  estuve  en  varias   porque  no  me  iba  bien  y,  además,  porque  nos  mudábamos  con  frecuencia.  No  le  ponía  interés  ni  entusiasmo  al  estudio,  por  un  lado  porque  me  acordaba  de  los  conflictos  entre  mi  papá  y  mi  mamá  pero,  por  el  otro,  porque  yo  ya  tenía  claro  que  era  homosexual  y  por  eso  recibía  mucha  violencia  de  parte  de  mis  propios  compañeros,  me  esperaban  fuera  de  la  escuela  y  me  pegaban,  me  tiraban  cal,  me  escupían  en  la  cara,  me  orinaban  y  una  vez  me  encerraron  en  el  baño,  desnudo.  Otra  vez  me   persiguieron con un machete porque querían matarme. Todo eso  solo  por  ser  homosexual.    Las  autoridades  se  hicieron  los  oídos  sordos. En la escuela nunca se preocuparon por saber qué pasaba conmigo  y  tampoco  se  lo  comenté  a  mi  mamá  porque  me  daba  miedo decirle «mire, yo soy homosexual».

Pero,  en  esa  misma  época,  también  ella  comenzó  a  agredirme  porque  ya  era  obvio  que  yo  no  quería  ser  varón;  entonces,    me  pegaba  con  lo  que  encontraba  cerca,  con  leños,  alambre,  me  insultaba,  en  una  palabra,  me  dio  mala  vida.  Yo  salía  corriendo  porque le tenía un miedo terrible y ella me tiraba piedras delante de toda la gente. Así comencé a odiarla y a vivir más tiempo en la calle, aunque siempre volvía porque no tenía adónde ir. A fuerza de  años  terminé  la  escuela  primaria  y  ya  no  quise  seguir  por  la  violencia y además no tenía el dinero para pagarme los estudios. Cuando  tenía  quince  años  tuvimos  que  mudarnos  a  otra  zona  más  alejada  porque  unos  pandilleros  me  habían  amenazado  de  muerte, y allí conocí a chicos que eran gays y a una chica travesti, ella me inducía a vestirme, a comportarme más femenina, era una mentalidad  muy  diferente.  En  ese  momento  mi  visión  cambió,  dije  «¡basta,  hasta  aquí!»,  y  acepté  frente  a  mi  madre  que  era  homosexual.  Ella  puso  el  grito  en  el  cielo  y  dijo  «no,  yo  parí  un  hijo,  no  un  maricón».  Al  día  siguiente  yo  ya  me  vestí  de  mujer,  me depilé, me vestí con tacones, blusita y pantalón bien apretado.

Cuando  cumplí  dieciséis  me  fui  de  la  casa  a  vivir  a  un  barranco  con  una  amiga,    después  comencé  con  las  drogas,  primero  el  pegamento  para  bicicletas,  luego  pasé  a  las  más  fuertes  hasta  el    «cemento», que es el residuo de la cocaína. Me perdí totalmente y empecé a robar para comprarme las drogas. Así viví durante varios años, ejerciendo el comercio sexual y drogándome. Intenté dejar la  droga  varias  veces  y  recaía  nuevamente.  En  el  mundo  travesti  es  muy  cotidiano  el  uso  de  drogas  por  el  mismo  desprecio  de  la  sociedad,  ahí  se  ahogan  las  penas,  se  encuentra  cierto  alivio, aunque  con  el  tiempo  te  das  cuenta  que  es  falso.    En  esa  época  no  tenía  idea  de  mis  derechos,  ni  de  las  ITS,  ni  del  condón,  vivía  en  riesgo  permanente.    Pasé  cuatro  años  fuera  de  casa,  a  los  veintiuno decidí ir a ver a mi mamá y ella me convenció para que volviera  a  vivir  con  ella,  tardé  otros  tres  años  en  desintoxicarme  y  dejar  las  drogas.  Seguía  siendo  una  chica  travesti  y  trabajaba  el  comercio  sexual  sin  que  mi  mamá  supiera,  lo  cierto  es  que  yo  siempre trabajé sola, nunca quise trabajar para alguien.

Al tiempo comencé a trabajar en la capital y me puse en contacto con algunas organizaciones sociales, ahí realmente descubrí lo que era mi identidad de género, todavía era una chica travesti, es decir me vestía de mujer en algunas ocasiones. En esas organizaciones me   informé   de  muchas   cosas,   me   dieron   la   oportunidad   de   participar en capacitaciones, en talleres, en diplomados, en foros y así, de a poco, mi mentalidad cambió totalmente, entonces decidí  ser una chica transgénera. Eso fue hace tres años y medio.

Comencé   a   hacerme   cambios   corporales,   me   inyecté   aceite   mineral en mi busto. En ese entonces no tenía idea del daño que le  hacía a mi cuerpo, pero hoy tengo secuelas porque eso me generó unas masas que han ido creciendo y me generan unos dolores muy fuertes,  los médicos dicen que tengo que operarme para quitarlas pero  la  operación  puede  ser  de  riesgo  y  yo  tengo  miedo  porque  muchas  compañeras  que  yo  conozco  han  muerto  por  secuelas  bastante  graves.  Hoy  ya  se  habla  hasta  de  un  protocolo  de  hormonización, pero hace años yo no sabía nada de eso.

Y  ese  es  solo  uno  de  los  problemas.  Lo  más  cotidiano  es  que  aquí  en  Guatemala  las  transgéneras  no  somos  reconocidas.  Entonces,  en  cualquier  institución  pública  nos  tratan  como  hombres  y  no  como  mujeres;  por  ejemplo,  si  vamos  a  un  centro  de  salud  nos  llaman  por  nuestro  nombre  masculino  y,  si  reclamamos,  a  veces  hasta  nos  agreden.  La  Policía  y  el  Ministerio  Público  no  han  querido  identificarnos  como  «ella»,  sino que nos marcan como «él» y los medios de comunicación también  contribuyen  porque  luego  publican    «chico  aparece  muerto con prendas femeninas». Ese es otro problema grave, la violencia en nuestra contra;  yo he recibido bastante violencia, incluso  me  han  querido  matar,  me  han  querido  violar,  tanto  a  mí  como  a  muchas  compañeras.  Incluso,  a  nivel  laboral  es  muy difícil que nos acepten,  porque yo he buscado  y me dicen «no, usted no aplica, por su identidad, usted es una persona no adecuada al puesto, así que usted no califica». Es un problema bastante  serio  en  la  población  trans  porque  se  nos  cierran  las  puertas en los trabajos, en las escuelas, en diversas actividades.

Yo  he  tenido  la  oportunidad  de  ser  homosexual,  ser  travesti    y  ser  transgénera.  Estas  son  experiencias  que  nadie  las  puede  entender  porque  sólo  nosotras  sabemos  lo  que  hemos  vivido.  Desde el año pasado, junto a otras compañeras, hemos fundado una organización para luchar por nuestros derechos. Allí trabajo actualmente y desde allí lucho por erradicar la transfobia en  la sociedad, para que ya no nos traten como un cero a la izquierda, porque  somos  de  hueso  y  carne,  el  hecho  que  tengamos  una  identidad de género diferente no quiere decir que no tengamos nuestros  propios  derechos.  Yo  aún  no  he  logrado  todos  mis  sueños  pero  no  me  doy  por  vencida,  nunca  he  dejado  que  el  miedo me impida seguir adelante. Ahora tampoco.

*Historia de vida de mujer transgénera, publicada en el INDH 2011/2012: Guatemala ¿un país de oportunidades para la juventud? p. 55-56