Informe nacional de
desarrollo humano

Guatemala

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Agenda 2030

Lo pequeños que somos para el mundo, lo grande que pueden ser los ODS para nosotros.

Los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU, que fueron mundialmente lanzados el pasado viernes 25 de septiembre en Nueva York, son una oportunidad para la reflexión sobre el desarrollo que queremos y que de entrada podemos decir: no estamos fomentando. Aunque para algunos parezca un tema lejano, puede ser una oportunidad para discutir lo que consideramos valioso como sociedad.

Claudia V. López Robles
febrero 8, 2016

Si dejamos de vernos el ombligo, veremos que la dinámica internacional no está esperando si Guatemala, específicamente, ha cumplido con las metas trazadas en el año 2,000. Las discusiones mundiales se dan en otras lógicas y otros tiempos, marcadas por dinámicas de poder internacional, ciertamente con otras prioridades.

Lo que acabamos de ver lanzado es una agenda que se inició a discutir alrededor del 2013, cuando se llevaron a cabo consultas y debates sobre aciertos y desaciertos de las metas del milenio. El ejercicio en Guatemala reflejó la falta de apropiación, de presupuesto y de voluntad política para alcanzarlas, entre otras falencias. Muchas voces a nivel mundial criticaron la ausencia de temas como la desigualdad y la violencia, otras enfatizaron temas que finalmente no se incluyeron. Metodológicamente fue discutido el tan debatido “promedio” que se utiliza para reportar, que en un país como el nuestro ocultan grandes carencias: por algo somos un país de ingreso medio y de IDH medio, pero con poblaciones conviviendo entre grandes riquezas y extremas pobrezas.

La existencia de los ODS evidencian la apertura del mundo a nuevos temas centrales en el desarrollo y por primera vez pone metas también para los países desarrollados, dado su fuerte énfasis en la sostenibilidad ambiental y la inclusión de la noción de desigualdad. Son un gran paso entre las dinámicas de poder internacionales. Su valor precisamente estriba en proponer un piso mínimo de condiciones a las que todas las poblaciones del mundo deberían tener.

Frente a las tendencias económico-darwinianas de sobrevivencia del más fuerte en las relaciones internacionales, donde está de moda la desigualdad a ultranza y la re-concentración de la riqueza, el consumismo desmedido, la pérdida de derechos ancestrales y recientes (laborales por ejemplo); lo menos que podemos esperar de un consenso entre países es precisamente que se comprometan a reducir el hambre, la pobreza, a mejorar las condiciones de las mujeres, a bajarle al consumo masivo, a promover la paz, a la cooperación para el desarrollo. ¿Falta? Pues claro…

Lo valioso para nosotros no es sólo alcanzarlos automáticamente, sino el debate que abren sobre nuestra agenda de desarrollo. En Guatemala lamentablemente estamos acostumbrados a firmar cuanto tratado y convenio internacional se nos pone enfrente (razonando únicamente textos que atentan contra las posturas más conservadoras del país), pero en general no le damos la importancia a su implementación, mucho menos a su seguimiento, evaluación y sostenibilidad en el tiempo (ejemplo concreto de esto es que en el año 2012 casi alcanzamos la educación primaria universal y ahora estamos de nuevo donde empezamos: ¡82% de los niños inscritos en la escuela!).

Estos antecedentes nos ponen el reto de ver nuestras propias carencias ¿puede este Estado (en este estado) cumplir con estas metas? Quizás no, pero seguramente “debería poder” y a esto es a lo que como ciudadanía deberíamos apuntar, a la construcción de esa “idea común” de lo que el Estado debería ser capaz de hacer y no ha hecho, considerando además otros temas que por locales (o espinosos), no aparecen en el debate internacional.

Es de aprovechar que la sociedad puede exigir el cumplimiento de nuevas metas que el Gobierno se ha comprometido a cumplir y que la ONU se ha comprometido a apoyar hacia el 2030. Necesitamos evaluar las herramientas y datos que necesitaremos para las nuevas metas, el censo por ejemplo, es indispensable. Consensuar los objetivos de desarrollo que queremos es una necesidad precisamente en este 2015 que representó tanto, tanto en términos de participación social, como de constatación de la fuerza de los cimientos retrógrados y conservadores en los que fundamos nuestro país.

Los ODS y sus metas son puntos en el horizonte que nos invitan a animarnos a alcanzar como sociedad, apostando con lo que corresponda: trabajo conjunto, presupuesto, políticas sociales coherentes y contundentes, presencia institucional… todo ello sin corrupción y gran auditoría ciudadana.

Pienso que los ODS nos posibilitan nuevamente pensar en el piso de nuestro desarrollo, nos invitan a dar pasos fuertes para alcanzarles, a ello no deberíamos renunciar; estos no pretenden ser el final del camino, sino solo su principio.

Columna publicada originalmente en Plaza Pública el 06 de septiembre de 2015